El origen de la obesidad tiene una explicación «darwinista»



El origen de la obesidad está en los genes adaptados a la escasez de nutrientes, que permitió sobrevivir a nuestros antepasados en épocas de crisis alimentaria. Sin embargo, esta predisposición se suma a desencadenantes como el sedentarismo y la abundancia de alimentos. Así lo han puesto de manifiesto los expertos reunidos en las conferencias sobre 'Obesidad, Diabetes y Síndrome Metabólico', organizadas por el Instituto Danone en la Real Academia Nacional de Medicina.



El proceso evolutivo de selección natural descrito por Darwin, ha provocado que, en épocas de escasez de alimentos, los individuos con una genética ahorradora de energía, capaces de sobrevivir y desarrollarse con poco alimento, hayan sido privilegiados en nuestra evolución como especie.

Los profesores, advirtieron no obstante, que el desencadenante de la obesidad suele estar en la mayoría de los casos, en la reducción de gasto energético, provocado por el aumento de hábitos sedentarios y las comodidades de la vida moderna, sumado a la abundancia de alimentos disponibles.

Diversos estudios muestran como en los últimos 50 años ha aumentado el porcentaje de grasa corporal total de los humanos que siguen el estilo de vida 'occidental'. La grasa que forma el tejido adiposo y emite sustancias reguladoras de la energía en el organismo, puede instalarse en otros órganos corporales constituyéndose en grasa denominada intraabdominal, por ejemplo en el hígado, produciendo diversas disfunciones, entre las que destaca la resistencia a la insulina, que provoca diabetes tipo 2.

Asimismo, cuando aparecen estas dos patologías juntas, los pacientes suelen sufrir también en un alto porcentaje (solo el 20 por ciento de los obesos son metabólicamente sanos) hipertrigliceridemia, dislipemia e hipertensión. Este cuadro es lo que configura el denominado 'síndrome cardiometabólico'.

La gravedad del síndrome cardiometabólico deriva de que las personas que sufren este estado de enfermedad crónica metábólica tienen un riesgo de fallecer mucho mayor que las personas metabólicamente sanas de su misma edad. Este riesgo se incrementa además si se trata de hombres, fumadores y con antecedentes familiares de enfermedad metabólica .